Nada tiene seguro
El hombre ni flaqueza
Ni fuerza ni corazón
Si cree abrir los brazos
Una cruz es su sombra
Cuando quiere ceñir
Su vida la destruye
Es su vida un extraño
Doloroso divorcio
Que no hay amor feliz

Se parece su vida
A soldados sin armas
Que se hubiera vestido
Para muy otro fin
De qué puede servirles
Alzarse de mañana
Para hallarse a la tarde
Desarmados sin fe
Repetid «vida mía»
Y contened el llanto
Que no hay amor feliz

Amor mi bello amor
Desgarradura mía
Yo te llevo en mi ser
Como pájaro herido
y aquéllos sin saber
Miran cómo pasamos
Diciendo tras de mí
Palabras que he trenzado
y por tus grandes ojos
Murieron sin vivir
Que no hay amor feliz

De aprender a vivir
No hay tiempo es tarde
Lloremos en la noche
Nuestro llanto al unísono
Con cuántas pesadumbres
Pagamos un temblor
Y con cuántos dolores
La mínima canción
Por un son de guitarra
Cuánto hay que gemir
Que no hay amor feliz

Que no hay nunca amor
Que no sea un dolor
Que no hay nunca amor
Que no nos llegue a herir
Que no hay nunca amor
Que no pueda humillar
Ni el amor a la patria
Más que el amor a ti
Que no hay nunca amor
Que no haga llorar

Que no hay amor feliz
Nuestro amor es así


L. Aragon

Visitantes de Divinas y Hermosas


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CHAT DE DIVINAS Y HERMOSAS

Las normas son las de siempre, respeto, alegría y tolerancia. SED BIENVENIDOS TODOS LOS QUE QUERAIS.

jueves, 12 de enero de 2012

TIBURON

"Sobre Ingmar Bergman debo decir que los críticos no tienen ni idea de lo que está diciendo, pero, pese a todo, les chifla... Existe una asociación internacional de ese tipo de críticos, capaces de extasiarse ante el asno muerto de Cocteau envuelto con telas encima de un piano".

Billy Wilder


Ahora que todo ha pasado volvería al punto del comienzo una y otra vez, viviría en una Navidad perpetua; por mucho que al final sintiera, como hoy, esa punzadita de decepción y desilusión que no falta nunca. Espero la Navidad igual que antaño, cuando era niña y no sólo la perspectiva de tener vacaciones en el cole me ilusionaba. A mí me ilusionaba todo tanto que solía caer enferma de agotamiento. Invariablemente al volver de una excursión, una fiesta de cumpleaños, la noche de Nochevieja o el día de mi santo, me sentía tan enferma que acababa postrada en mi cama recibiendo los mimos de mi madre. La Vikinga era consciente, en silencio, de que mis males eran sólo producto de la intensidad y la ilusión con la que me entregaba a vivir esos momentos tan especiales para mí; ambas nos aprovechábamos de ello, ella para mimarme y yo para recibir esos mimos que, habitualmente, jamás me dejaba dar -por vergüenza, los deseaba más que nada en el mundo pese a que aún no he aprendido a recibirlos-. Y eso a pesar de que casi nunca, esas cosas que tanto me ilusionaban, alcanzaban mis expectativas. La mitad de mí se daba antes de empezar y el resto me lo dejaba en jirones, minuto a minuto de cada momento en cada instante y a veces sin fuerzas ya para llegar hasta el final. La Navidad comenzaba ya en el colegio -los villancicos, los adornos en clase, el trabajo manual para casa-, seguía por la llegada de mis primos gallegos que se alojaban en casa de mis abuelos, en el piso de abajo del mismo edificio donde vivíamos -son tres como nosotros, de edades similares-. La ronda de bares por el centro de Madrid y la visita a la Plaza Mayor, a ver los puestos y comprar el abeto navideño, eran los primeros pasos de esa época favorita del año. Me encantaba sentarme delante del abeto repleto de bolas de colores y espumillones brillantes -qué horteras fueron esos tiempos setenteros-. La Amiga de las Moscas y el Exmelenas Rubias se sumaban a la fiesta contemplativa del árbol adornado mientras escuchábamos cantar a Carmen Sevilla en el tocadiscos de maleta; era un pequeño vinilo de 45 rv, "Los peces en el río". Teníamos toda la colección de "Navidades Philips". Sin embargo, el favorito siempre fue "Arbolito" que cantábamos a coro con El Intermitente Humano, una especie de Frank Sinatra hispano porque estilo tenía un rato pero voz, ninguna. Tanto la Vikinga como el Intermitente Humano se daban a la fiesta navideña con un entusiasmo parecido al nuestro. Ella nos enseñaba la compra la misma tarde de la Nochebuena, cuando volvía de la librería, mirad lo que he comprado para esta noche; mientras él colocaba un regalito pequeño para cada uno en el árbol. Luego venía haciendo el indio -literalmente- a la cocina y nos hacía seguirle haciendo el indio nosotros también, hasta llevarnos al árbol y hacernos descubrir los regalos. Cuando la Vikinga nos metía en su gran cocina blanca, ya sabíamos los tres que algo pasaría pero por esa magia especial de la amnesia selectiva, lográbamos olvidar y que todas las veces de todos los años, fuera una sorpresa. Cenamos muchas Nochebuenas los cinco solos y fueron las mejores de toda mi vida. Otros años -si el Intermitente Humano no estaba enfadado con su padre- bajábamos a cenar a casa de mis abuelos, junto a mis tíos y primos de Galicia. Aquéllo era la mar de divertido -por no decir absolutamente patético-, mientras mi abuela se vestía con sus mejores galas, él -Pepe, el absurdo- se calzaba el pijama y la bata de cuadros más vieja y raída que tenía. Lo hacía porque quería enmascarar la misma ilusión que sentíamos nosotros y también para no soltarnos el aguinaldo. La cena abajo no era tan abundante como arriba, ni tan florida en mariscos, ni el turrón era de Casa Mira pero estábamos con nuestros primos. La abuela siempre caía en la misma broma, año tras año mi padre y el Exmelenas disolvían un poco de azafrán en una copita de agua y se la daban mientras los demás mirábamos expectantes. Ella cogía la copita, la probaba y exclamaba Hummm, qué rico y todos nos reíamos como si la broma fuera nueva. Después de cenar mi tía María Jesús -que era medio médica, una de esas mujeres cargantes que sabe hacerlo todo y a la que por desgracia para mí, me parezco en más de una faceta- intentaba que sus hijos se lucieran - canta, Belén. -No. - canta, Belén. - No. (bofetada). Belén: Sapo de la noche, sapo cancionerooooo. Eso nos divertía mucho a los cinco, sobre todo comentarlo después. El día siguiente, Navidad, era aún más importante en casa; la comilona mayor que en Nochebuena y después el anís con los turrones. Cuando pienso en la Navidad lo primero que se me viene a la mente es la modorra de la tarde de Navidad -normal después de los vinos y el anís- y la sintonía de "Tiburón", que junto a "Mary Poppins", programaban todos los años en la primera cadena. Desde que ya no las ponen, la Navidad ha perdido parte de su profundo sentido.


Tiburón (Jaws, 1975). De Steven Spielberg. Rob Scheider, Robert Shaw, Richard Dreyfuss.

15 parlotearon:

Anónimo dijo...

Mi contestación a este post esta en el mio anterior,bollazo....Las navidades son ahora un coñazo.

Un besazo,guapa

Carnudita

Anónimo dijo...

Las navidades nunca serán un coñazo, Carnudita de mis entretelas, por más que nos empeñemos....incluso por más que nos falte alguien.
A mi me encantan las navidades, siempre me han encantado. Me pasa una cosa que he leído que a mi Honey también le pasa: pones tantas expectativas en las cosas que al final muchas se quedan sin cumplir, pero la emoción, la ilusión, esas nunca dejan de aparecer.
Mis navidades eran viajes a Santander, a casa de las abuelas, primero a casa de una...luego, cuando la pobre ya no estuvo, a casa de la otra. Para unos niños como nosotros (pequeños, todos chicos) meterte en un mausoleo unos días era terrible. Aún así, yo disfrutaba enormemente de ver a mis primos unos pocos días al año, incluso de descubrir gracias a alguna prima generosa el placer de contemplar el cuerpo femenino jajajaja.
Los regalos venían siempre el día 25 por la mañana, ya se habían encargado mis padres de llamar a los reyes magos para que nos dejaran los regalitos antes, para tener todas las vacaciones entretenidos a los retoños.
Ahora yo he organizado mis propias navidades, siempre en función de la familia, la propia, la mía de toda la vida y la contraria. Estoy a puntito de descubrir cómo pasar unos días de navidad fuera de España, a poco que mis obligaciones falimiares decrezcan algo.
Ojalá durase más la navidad, en definitiva, aunque terminemos cansados.

El monje

arkanis dijo...

No será que los que no sabemos vivirlas como las vivían nuestros padres somos nosotros?

Recordamos las navidades de nuestra infancia con ojos de niños, con la ilusión que nos creaban nuestros padres, y ahora la "despreciamos" con ojos de adultos.

Me pregunto como la verán nuestros hijos...

Anónimo dijo...

Pues monjito de mis entrepechos, para mi dejaron de tener su puntillo hace tiempo, y si no es por mi hijo,habría emigrado estos días de aquí. Me agobia la ciudad masificada,el consumismo desmedido,la hipocresía del humanoide en estas fechas...etc.

Arkanero, todo es posible, pero la vida va cambiando y las costumbres también.

Un saludo a los dos

carnudita

Invisibla dijo...

Yo he tenido malas Navidades, malísimas Navidades, buenas Navidades y estupendísimas Navidades. Recuerdo todas con cariño, hasta los llantos típicos de mi madre en la cena de Nochebuena , que la duraban 10 minutos acordándose de todos los que habían muerto, menos mal que luego se la pasaba jajajaja.
La última Nochebuena que pasamos con mi padre nos reímos mucho, nos lo pasamos genial con él y esta última nos ha alegrado Inés, mi sobrinita de seis meses.
Sé que vendrán otras tantas Navidades de cada tipo. Ojalá nos vengan a todos más de las buenas que de las malísimas jajajaja.
Besitos a todos :)
P.D. Vaguita mía, menos mal que ya empiezas con los post, jajajaja (besititos)

el sardina dijo...

Tres recuerdos de la Navidad y uno de Tiburón.

El Nacimiento. Lo ponían en mi cuarto. Soy el pequeño de los hermanos y supongo que en años anteriores había pasado por otros cuartos. Sobre una madera y dos caballetes, todo forrado con papel azul cobalto y con estrellas plateadas pegadas. Era el mismo papel que hacía de cielo pegado en la pared y el techo. El Portal se construía con cuatro piezas de cartón piedra que parecían sacados de una peli de Cecil B. de Mille. Más que un establo de Judea parecía un dolmen. Su construcción requería habilidad y paciencia, así que mi madre no me dejaba tocar y tenía que estar quietecito subido en la banqueta. El musgo lo habíamos ido a recoger esa misma mañana para que estuviera fresco y mullido. Ahora creo que está prohibido coger musgo...Otras piezas de cartón piedra pegadas a la pared hacían de colina para los pastores y las ovejas. Papel plateado para los ríos y un puente para el camino pavimentado con serrín que marcaba el recorrido que tenían que hacer los Reyes Magos hasta llegar al Portal. Había muchísimas figuras pero si estrujo la memoria lo primero que me viene a la cabeza son las ovejas. Tenían un tacto como lanoso, extraño. Algunas, pobres, tenían las piernas rotas y pese a la opisición de Amatxito conseguía ponerlas cerca del portal. Iba a un colegío de curas y todavía creía lo que me decían. Esperaba el milagro. Al nacimiento le ponían unas luces intermitentes que, ahora que pienso, no le pegaban ni con cola, pero que A la noche y antes de dormirme no había humano (ni los GEOS) que consiguiera apagarlas. Eso me ha quedado como herencia del nacimiento: Cierro los ojos y veo azul. Y estrellas plateadas.

Marpart dijo...

Ciertamente yo hace muchos años ya que no echo de menos la navidad, aunque tremendamente respetuoso con el asunto religioso católico, en realidad soy ateo de puro vago de planteamientos.
La navidad de pequeño tenía aparejada una serie de cosas.
Tiempo de petardos, verdaderas bombas mezclando la polvora con azufre y el clorato de potasa; tiempos de atar con cuerdas los picaportes de los vecinos llamando a sus puertas y descojonando de que no pudieran abrir o de otras mil putadas más; tiempos de dar la brasa con panderos gigantes y casi de pedir aguinaldo como si de un atraco se tratara y sobre todo tiempo de poder salir de noche.

El tiempo pasa y odio los putos petardos, no soporto los pocos panderos que quedan, etc etc.

Hoy en día para mi son tiempos de reuniones, muchas de ellas con hipócrita simpatía, tiempos de querer terminar con los compromisos y poco más.

Eso si, me gusta la ilusión de la nochevieja, esa no la pierdo.

Besos

Obexa dijo...

Por fin, ya iba siendo hora, un nuevo escrito con los consiguientes comentarios de los demás. Un gusto por leeros, es bonito saber detalles puntuales de todos vosotros. Besos

HoneyBB dijo...

Jajaja Bollito, pero ¿sabes fundamentalmente por qué? Las Navidades son ahora un coñazo porque YA no somos niños y no hemos logrado mantener el espíritu. Ahora que las mías son ya mayorcitas me parecen peores, pero antes, cuando sus ojitos se emocionaban por todas esas cosas Navideñas, me emocionaba mucho yo también. E incluso este año, que no se esperaban Reyes porque Papa Noel vino muy cargado, y los tuvieron... se iluminó todo de nuevo. Besazos guapa.

A mí también me encantan las Navidades, Monje, lo que ya no sé si me encantaría es eso de pasarlas en un sitio con calor de verano y al sol. Si me dices Nueva York, te digo que sí, o París, o Berlín... Un beso.

Nuestros hijos las ven como nosotros Arks, exceptuando una cosa, lo del sentido religioso que a nosotros nos inculcaron. Porque a pesar de llevarles a colegios religiosos, ya nada es lo mismo. Y yo no las desprecio, las tengo como un tesoro y año tras año permanece la esperanza de que sean estupendas en todos los sentidos. Un beso.

Uff Invi, recordar a la gente que no está es la parte peor de la Navidad. Y claro, Navidades haylas de todos los colores. Be si ti tos y ñam ñamses jajaj

Qué inmensa suerte la tuya, Sardina, un Belén para ti solito... y elaborado. Decidido, el año que viene pongo un macrobelén con todas sus figuritas, caganet incluído, con agua, molino, luces en el cielo y estrellas de papel de plata. Un beso.

Mari Part Chaval, si por no haber no hay ya ni petardos, salvo la noche de Nochevieja y no muchos... no te cuento ya panderos ni panderetas, ni zambombas, aquél artefacto infernal que ni sonaba ni ná. ¿Recordáis las carracas? Un beso chaval.

Obexa Feliz Año Nuevo, es un gustavo verte a ti por aquí también. Un besazo petarda.

Anónimo dijo...

jaja bollazo...pues deberíamos tener un bebé otra vez para recordar el espíritu navideño.

Un besazo,guapisima!

carnudita

Señor De la Vega dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Señor De la Vega dijo...

Mi Divina Señora HoneyBb,

Equivoqué el lugar de envío del comentario anterior ;) y sin embargo habrá observado que el tener su ventana abierta, influye en cualquiera de mis respuestas en blogosfera y me remonta a mi perdida infancia.

Sobre la Navidad, ya huérfano y con mi hija pasando las navidades con su madre, intento evitar la reunión con familia y huyo de los fastos en todas sus representaciones y festejos; no odio esa fechas, simplemente me sobran.

Para Reyes, mi pequeña está siempre conmigo, así que vivo esos días en sus ojos, en su ansiedad, en su nerviosismo, en su insomnio, en sus preguntas sobre si sus deseos tendrán respuesta de los magos de la crédula infancia.
Hermanas y polluelos nos reunimos y jugamos al juego del rito; el día siete al alba, respiro profundamente y mi sonrisa sincera reaparece.

Besos magos,
Suyo, Z+-----

passsa dijo...

Oinggggg, me vuelve a tocar el "13"
En mi opinión, los acontecimientos deben de cambiar porque las personas cambiamos. Ni la Navidad, ni nada puede seguir siendo “como siempre” y eso no debiera disgustarnos sino todo lo contrario, por reacios que seamos a los cambios y por difíciles que se nos antojen. Pongo por ejemplo el circo, un espectáculo que nos suele encandilar de niños y, que hoy día, en algunos casos, ha evolucionado de tal manera que nos puede dejar extasiados aún como adultos; en mi caso, incluso más, pues los de antes con ver uno me hubiera bastado, de repetitivo y por tanto, previsibles, que me resultaban.
Supongo que se añora el pasado cuando los cambios no se ven para mejor. Es triste comprobar, o entender, que, -en general-, cada vez nos dejamos influir más por motivaciones superficiales y aparentes que por sentimientos comprometidos y sinceros; que “no se lleva” actuar de manera más humana, que se han perdido valores que lo que se debieran es potenciar. Nos molesta ver que estas fiestas se dirijan cada vez más, principalmente a consumir, a comprar, comer, beber y despilfarrar. Que “toque” sentirse feliz y olvidar el sufrimiento, se esté como se esté, estos días, que luego ya da igual. Pero, no creo yo que se actúe así solo en Navidad, aunque sea cuando más flagrante nos parezca y, por tanto, cuando más nos lo planteemos. Al menos, aunque solo sea para esto,-para pararnos a pensar cómo vamos y hacia donde vamos-, nos sirve la Navidad.
De niños no podemos tener una visión global. Nos cobijamos en nuestra familia, vivimos, sentimos a través de ellos y ni necesitamos ni podemos ver mucho más allá. Se puede ser feliz con muy poco. Lo que no tiene sentido es que de adultos queramos seguir igual. Ni la madurez es tan mala ni la infancia tan buena. No se trata de perder la ilusión, sino de ilusionarnos, si cabe aún más, de una forma más consciente, coherente, comprometida y solidaria, en definitiva, más “adulta”, -“que no es tan malo crecer si no crecemos tan mal”-. Ojalá supiéramos elegir siempre lo mejor de cuanto conocemos, -en este caso, lo mejor del niño y del adulto-. Ser adulto será más difícil, pero también más fructífero. Todo un interesante reto que podemos ponernos a partir de cada Navidad, ya puestos.
Esto os pasa por utilizar tanto el término “petarda”, …que una es muy influenciable.

HoneyBB dijo...

Estimadísimo De la Vega, cuanto me gusta que os equivoquéis, os he leído y era un comentario precioso.

Nada sobra, siempre falta.
Un beso admirado.

HoneyBB dijo...

Tienes mucha razón en lo que dices Passa, hay algo de inmovilismo en nuestra actitud y sin embargo no veo inmadurez ni Peter Panes, que es en lo primero que pensé al leer tu comentario, si no estaríamos todos dándole al tambor de hojalata.

La próxima Navidad espero estar "implicada" en cultivar tanto mi ilusión como la ajena, seguro que la vivo de modo distinto.

Un beso.