"Sobre Ingmar Bergman debo decir que los críticos no tienen ni idea de lo que está diciendo, pero, pese a todo, les chifla... Existe una asociación internacional de ese tipo de críticos, capaces de extasiarse ante el asno muerto de Cocteau envuelto con telas encima de un piano".
Billy Wilder
Billy Wilder
Ahora que todo ha pasado volvería al punto del comienzo una y otra vez, viviría en una Navidad perpetua; por mucho que al final sintiera, como hoy, esa punzadita de decepción y desilusión que no falta nunca. Espero la Navidad igual que antaño, cuando era niña y no sólo la perspectiva de tener vacaciones en el cole me ilusionaba. A mí me ilusionaba todo tanto que solía caer enferma de agotamiento. Invariablemente al volver de una excursión, una fiesta de cumpleaños, la noche de Nochevieja o el día de mi santo, me sentía tan enferma que acababa postrada en mi cama recibiendo los mimos de mi madre. La Vikinga era consciente, en silencio, de que mis males eran sólo producto de la intensidad y la ilusión con la que me entregaba a vivir esos momentos tan especiales para mí; ambas nos aprovechábamos de ello, ella para mimarme y yo para recibir esos mimos que, habitualmente, jamás me dejaba dar -por vergüenza, los deseaba más que nada en el mundo pese a que aún no he aprendido a recibirlos-. Y eso a pesar de que casi nunca, esas cosas que tanto me ilusionaban, alcanzaban mis expectativas. La mitad de mí se daba antes de empezar y el resto me lo dejaba en jirones, minuto a minuto de cada momento en cada instante y a veces sin fuerzas ya para llegar hasta el final. La Navidad comenzaba ya en el colegio -los villancicos, los adornos en clase, el trabajo manual para casa-, seguía por la llegada de mis primos gallegos que se alojaban en casa de mis abuelos, en el piso de abajo del mismo edificio donde vivíamos -son tres como nosotros, de edades similares-. La ronda de bares por el centro de Madrid y la visita a la Plaza Mayor, a ver los puestos y comprar el abeto navideño, eran los primeros pasos de esa época favorita del año. Me encantaba sentarme delante del abeto repleto de bolas de colores y espumillones brillantes -qué horteras fueron esos tiempos setenteros-. La Amiga de las Moscas y el Exmelenas Rubias se sumaban a la fiesta contemplativa del árbol adornado mientras escuchábamos cantar a Carmen Sevilla en el tocadiscos de maleta; era un pequeño vinilo de 45 rv, "Los peces en el río". Teníamos toda la colección de "Navidades Philips". Sin embargo, el favorito siempre fue "Arbolito" que cantábamos a coro con El Intermitente Humano, una especie de Frank Sinatra hispano porque estilo tenía un rato pero voz, ninguna. Tanto la Vikinga como el Intermitente Humano se daban a la fiesta navideña con un entusiasmo parecido al nuestro. Ella nos enseñaba la compra la misma tarde de la Nochebuena, cuando volvía de la librería, mirad lo que he comprado para esta noche; mientras él colocaba un regalito pequeño para cada uno en el árbol. Luego venía haciendo el indio -literalmente- a la cocina y nos hacía seguirle haciendo el indio nosotros también, hasta llevarnos al árbol y hacernos descubrir los regalos. Cuando la Vikinga nos metía en su gran cocina blanca, ya sabíamos los tres que algo pasaría pero por esa magia especial de la amnesia selectiva, lográbamos olvidar y que todas las veces de todos los años, fuera una sorpresa. Cenamos muchas Nochebuenas los cinco solos y fueron las mejores de toda mi vida. Otros años -si el Intermitente Humano no estaba enfadado con su padre- bajábamos a cenar a casa de mis abuelos, junto a mis tíos y primos de Galicia. Aquéllo era la mar de divertido -por no decir absolutamente patético-, mientras mi abuela se vestía con sus mejores galas, él -Pepe, el absurdo- se calzaba el pijama y la bata de cuadros más vieja y raída que tenía. Lo hacía porque quería enmascarar la misma ilusión que sentíamos nosotros y también para no soltarnos el aguinaldo. La cena abajo no era tan abundante como arriba, ni tan florida en mariscos, ni el turrón era de Casa Mira pero estábamos con nuestros primos. La abuela siempre caía en la misma broma, año tras año mi padre y el Exmelenas disolvían un poco de azafrán en una copita de agua y se la daban mientras los demás mirábamos expectantes. Ella cogía la copita, la probaba y exclamaba Hummm, qué rico y todos nos reíamos como si la broma fuera nueva. Después de cenar mi tía María Jesús -que era medio médica, una de esas mujeres cargantes que sabe hacerlo todo y a la que por desgracia para mí, me parezco en más de una faceta- intentaba que sus hijos se lucieran - canta, Belén. -No. - canta, Belén. - No. (bofetada). Belén: Sapo de la noche, sapo cancionerooooo. Eso nos divertía mucho a los cinco, sobre todo comentarlo después. El día siguiente, Navidad, era aún más importante en casa; la comilona mayor que en Nochebuena y después el anís con los turrones. Cuando pienso en la Navidad lo primero que se me viene a la mente es la modorra de la tarde de Navidad -normal después de los vinos y el anís- y la sintonía de "Tiburón", que junto a "Mary Poppins", programaban todos los años en la primera cadena. Desde que ya no las ponen, la Navidad ha perdido parte de su profundo sentido.
Tiburón (Jaws, 1975). De Steven Spielberg. Rob Scheider, Robert Shaw, Richard Dreyfuss.






















